La comunicación artística es un suceso (por lo tanto, del orden de la segundidad) por el cual la primeridad se infiltra en la terceridad. Este suceso se desdobla en dos vertientes: se produce en la creación de la obra, e igualmente en cada una de sus recepciones-interpretaciones que reactivan el movimiento originario. Toda experiencia artística, ya se trate de producción o de recepción, implica la doble necesidad de dominar un simbolismo, y dejarlo romperse, para permitir la intrusión de fuerzas de la primeridad.
Se trata de fuerzas, de la irrupción inesperada de la primeridad, ese “primero” que Peirce (CP 1.357, c.1890) calificaba de “presente, inmediato, fresco, nuevo, inicial, espontáneo, libre, vivo, consciente y evanescente”. Una obra de arte resulta siempre de una tentativa de materializar fuerzas, intensidades virtuales, del orden de la primeridad. Estas fuerzas son evocadas en numerosos comentarios de artistas que se han explicado a propósito de su actividad creadora, y son nombradas de múltiples maneras.
Por ejemplo, Paul Klee hablaba del “entremundo”; el fotógrafo Edward Weston quería captar, en sus fotografías de conchas, la “epifanía de la naturaleza”; Oskar Schlemmer, director de teatro de la Bauhaus, decía que quería poner en escena “las fuerzas que engendran lo viviente”; para René Magritte, se trata del “Misterio”; para Yves Klein, de la “energía cósmica”, de la “Vida en el estado materia primera”, o también de lo “inmaterial”; para Jean Dubuffet, se trata de lo “indiferenciado”, etc.
El artista tiene la facultad de estar en contacto con la primeridad, como “los niños, los locos, los primitivos”, dice Paul Klee. Este contacto no es permanente, sino que se produce en ciertos momentos privilegiados, los momentos de “presencia de la mente”, como dice René Magritte.
Un contacto permanente llevaría rápidamente a la muerte mental, e incluso física, del individuo. Los artistas han evocado a menudo el vértigo y el miedo provocados por un contacto demasiado intenso o prolongado con la primeridad. Así, Jean Dubuffet habla de su “aspiración a reintegrar el corazón de las cosas, a alcanzar lo indiferenciado”; sin embargo, se mantiene en guardia: dice que se esfuerza por mantenerse “al borde solamente de la pérdida de toda consciencia de ser” (J. Dubuffet, L’homme du commun à l’ouvrage, París, Gallimard, 1973, p. 446).
Así pues, el artista está, en ciertos momentos privilegiados, en contacto directo con la primeridad. Pero, para captar las fuerzas de la primeridad y expresarlas, para darles forma, para comunicarlas, el artista debe construir su propia red simbólica, y por eso debe tener en cuenta, y más o menos deconstruir, el simbolismo preexistente.
Las reflexiones que preceden nos conducen a proponer esta definición de la obra de arte: La obra de arte es un espacio-tiempo real (un objeto, un suceso: un texto, un cuadro, un ready-made, una realización, …), en el cual nuevo simbolismo se elabora, integrando algo de posible.
Esta elaboración (del nuevo simbolismo que integra algo de posible) tiene lugar al margen de lo real conocido. Así, en una realidad “diferente”, la de la obra que se está haciendo, se producen conjuntamente la materialización de las fuerzas de lo posible y la actualización del nuevo simbolismo. En la obra de arte, lo posible se materializa volviéndose nuevo simbolismo.
Ahora bien, ¿qué pasa con el receptor? Situado ante la realidad de la obra, el receptor que la descodifica (y éste no puede ser cualquier transeúnte sin iniciación: una des-codificación requiere siempre un esfuerzo de atención, de curiosidad, de simpatía, así como un dominio de los códigos preexistentes), en el momento que la descodifica (y ese momento es fugaz … los efectos de una obra de arte no son permanentes); el receptor, por lo tanto, que descodifica la obra, es conducido, por el simbolismo de la obra, hacia lo posible que se encuentra integrado en ella. Para alcanzar lo posible virtualmente presente en el objeto-obra de arte, es necesario seguir la pista trazada por el simbolismo (es necesario descodificar).
Al final del recorrido, el receptor habrá asimilado una nueva red de símbolos, que modificará, por poco que sea, su visión de lo real conocido anteriormente. Jean Dubuffet lo explica claramente: Nuestra mirada ordinaria sobre el mundo opera a través de un filtro: el del acondicionamiento cultural que nos ha sido insuflado desde nuestra infancia. Quiero cambiar ese filtro. Mi objetivo consiste en buscar filtros de recambio de los que pueda derivarse una mirada renovada (J. Dubuffet, Bâtons rompus, París, Minuit, 1986, p. 81). Cuando, después de tal experiencia o “comunicación artística”, el espectador vuelva a su realidad cotidiana, su aprehensión de las cosas habrá cambiado: su visión de lo real se habrá renovado al contacto de lo posible.
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